Si no habías tenido bastante con la crítica de Coxis, la de Javier Quevedo, la de Ake, Pasaelmocho, Ripley o la de El Cliché… ¿Qué te crees, que iba yo a ser menos?
Fue el día de San Padre Putativo a verla, porque después de leer en El País la crítica de Carlos Boyero, me temblaban todas las carnes de mi cuerpo (y creedme, empiezan a ser muchas) con la sola idea de encontrarme a alguien que la hubiera visto y me la quisiera destrozar. Así que mandé un comunicado a mis 500 mejores amigos, consiguiendo arrastrar a la Sra. Amparo y a Fusiforme. La idea era haber publicado el post el día después, pero empecé a verlo todo rojo y me empitoné con cierto tema como un toro de lidia… Pero esa es otra historia.
Realmente fui acojonado. Porque las pocas referencias que tenía era que se traía cierta similitud con “La mala educación”, película que necesito volver a visionar porque no me convenció en nada (a lo sumo en las interpretaciones de Javier Cámara y Gael García Bernal) y las sospechas se cumplieron en parte. Vuelve a darse la dualidad “cine-dentro-del-cine”, pero no es un juego de de cajas una dentro de otras, sino que, en este caso, la película es interpretada por personajes que viven de este arte (lo que también la une con “La ley del deseo”): luego ya está en la elección de cada uno considerar esto como una fuente válida de inspiración (¿acaso no se supone que un artista tiene que inspirarse en su vida y en lo que le rodea?) o pensar que el director se está quedando falto de ideas…
Reconozco que la primera parte me dejó algo frío, si bien no tanto como la historia de los curas pedófilos. No sé si en parte porque le tengo cierta animadversión a Lluis Homar o porque me gusta más el cine de Almodóvar que se deja de pátinas pseudointelectualoides y se va por la vena barriobajera y pueblerina… ¡¡¡Raimunda!!!
La segunda parte, donde se desarrolla el melodrama (en su definición más acertada) y se mezclan algunas gotas de comedia, me dejó un buen sabor de boca, que ya se quería desvelar conforme avanzaba el metraje. No tenemos peluquerías ilegales, ni terroristas chiítas, pero sí hay un gazpacho lleno de tranquilizantes y momentos hilarantes gracias a la revisitación de “Mujeres…” y una maleta con quince kilos de cocaína. Todo ello acompañado con uno de esos finales abruptos que tanto le gustan al director, pero sin ese gustirrinín agridulce de un coitus interruptus.

Del reparto, poco que añadir que no se haya dicho ya en los enlaces del principio: Un Lluis Homar que (mal que me pese) se come la pantalla, una Blanca Portillo que casi es Dios (ésta deja en mantillas a Pilar Bardem, dadle tiempo), una Penélope Cruz que se adapta al papel como un guante (hay una escena casi al final donde ella y Lluis están abrazados en un sofá, donde dice más con una mirada que con mil palabras), un Jose Luis Gómez más que correcto (con un mimetismo a tortuga galápago alucinante) unos secundarios que son las luces del camino (Carmen Machi, Lola Dueñas –labio, no labio-) y unas colaboraciones de tres minutos donde sobresale Rossy de Palma.
Sólo dos peros: algunos diálogos chirriantes en boca de los actores (Ángela Molina, Tamar Novas, Ruben Onchandiano) que hace que a quien veas en la pantalla sea a un Pedro Almodóvar pasado de rosca más que a quienes dotan de carne a los personajes; y alguna escena que se quedó en la sala de montaje que nos habrían hecho entender mejor el papel de Blanca Portillo (¿qué le sucede entre su regreso al hogar y la copa en Chicote?)
¿Críticas? Todas las que se le quieran hacer si no te gusta el cine de este director: barroco, melodramático, giros argumentales imposibles (él mismo reconoce que resumir el argumento de sus películas en 30 palabras da como resultado algo rocambolesco), etc. Son puntos que sabes que te vas a encontrar cuando vas a ver una película suya. Son los pros y los contras de tener un lenguaje propio. Pedro (así, tuteándolo como si compartiéramos mesa) hace tiempo que lo tiene, y no necesita excusas ni justificaciones.

[Canción recomendada: Cat Power “Werewolf”]











